EL ESPÍRITU DE LA REFORMA

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En esencia la Reforma consistió en la vuelta a los fundamentos de la Iglesia, tal como fueron trasmitidos en las Escrituras. En ese tenor, nuestra obligación es mantener las bases que nos dan sentido y razón de ser; y en ocasiones, habrá que rescatar los elementos de la fe cristiana que por conveniencia o negligencia se empolven en el olvido. Lutero y los que le siguieron defendieron la doctrina bíblica de la justificación por la fe. El movimiento pentecostal nació en la convicción de que la obra del Espíritu con sus carismas y sus manifestaciones aún estaba vigente.

De manera que, entonces, el espíritu de la Reforma no consiste en innovar, o evolucionar, sino en volver a nuestras raíces, para que la Iglesia cumpla el propósito de quien la creo.

Paradójicamente, el peligro para la Iglesia siempre ha estado adentro. En este día, no es el Halloween la mayor amenaza para los cristianos; son ellos mismos: su pereza en cuanto al estudio bíblico, su falta de compromiso eclesiástico, su ignorancia de la doctrina y su empeño en moldear un evangelio en el que la exigencia sea mínima, en el que el llamado de Cristo se convierta en una promesa de bienestar material y no de abnegación, en el que la victoria de la cruz se vuelva un triunfalismo barato al que sólo le cabe la realización personal.

De vez en cuando (o siempre), harán falta personas como los reformadores para hacernos recapacitar y retomar el camino. ¿Habrá en la actualidad hombres y mujeres con el mismo espíritu?

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